El empobrecimiento del Estado es ya un hecho consumado y aceptado. Al lado de todas estas desventuras que el pueblo sufre, se nota la blandura, el proceder excesivamente legalista del gobierno. Salidos todos los ministros de la evolución franquista, la han negado apegándose a la legalidad como el molusco a la roca, y no dan muestras de energía sino en los casos en que de explotar al pueblo se trata. En nombre de la Democracia, para defenderla, según ellos, se utiliza todo el aparato de represión del Estado y se tiran abajo los derechos de los trabajadores cada día. Ya no es en esta o la otra población, es en todas donde el seco sin sentido del sistema ha segado puestos de trabajo llevando a la pobreza a más de 8 millones de ciudadanos. Mientras tanto, el gobierno nada ha hecho ni nada hará en el aspecto económico. No ha expropiado a los grandes terratenientes, verdaderos ogros del campesino español; no ha reducido en un céntimo las ganancias de los especuladores de banca, muy al contrario, los ha enriquecido más a costa de los recortes sociales; no ha destruido ningún monopolio; no ha puesto coto a ningún abuso de los que explotan y medran con el hambre, el dolor y la miseria del pueblo. Se ha colocado en situación contemplativa cuando se ha tratado de mermar
privilegios, de destruir injusticias, de evitar latrocinios tan infames como indignos. ¿Cómo extrañarnos, pues, de lo ocurrido? Por un lado altivez, especulación, zancadillas con la cosa pública, con los valores colectivos, con lo que pertenece al común, con los valores sociales. Por otro lado pasividad, tolerancia con los opresores, con los explotadores, con los victimarios del pueblo, mientras a éste se le encarcela y persigue, se le amenaza y extermina moralmente. Y, como digno remate a esto, abajo, el pueblo sufriendo, vegetando, pasando hambre y miseria, viendo como le escamotean la libertad. En los cargos públicos, en los destinos judiciales, allí donde puede traicionarse la evolución, siguen aferrados los que llegaron por favor oficial del rey o por la influencia de los ministros de los distintos Gobiernos que hubo trás la muerte del Dictador. Esta situación después de haber destruido un régimen, demuestra que la Democracia que no ha llegado a hacerse deviene inevitable y necesaria. Todos lo reconocemos así. Los ministros, reconociendo la quiebra del régimen económico; la prensa, las redes sociales de Internet, constatando la insatisfacción del pueblo, y éste revelándose contra los atropellos de que es víctima. Todo, pues, viene a confirmar la inminencia de determinaciones que el pueblo habrá de tomar para, salvando la Democracia, salvarse.